La losa está grabada en hueco. Pasa la lámpara por encima: hay algo que solo devuelve la luz en rasante.
El platillo pide veinticuatro onzas exactas. Ni una más.
Cuatro golpes en la chapa. Devuélvelos con la misma separación.
Cuatro velas gastadas de forma desigual. De la más alta a la más baja: toca dos para cambiarlas.
La losa cedió y debajo hay un arca de roble con cuatro cerraduras y un friso labrado en la tapa. Cada cerradura entrega una medalla, y ninguna de las cuatro abre nada por sí sola: lo que abre el arca es el orden en que se colocan. Ese orden lleva trescientos años tallado a la vista, en la tapa, y no significaba nada hasta ahora.
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