El pasatiempo del sábado pasó el visado sin una sola tachadura. Tres días después zarpó del puerto un barco que no constaba en ningún registro.
El censor miró las diez palabras y no miró lo que quedaba entre ellas. Táchalas todas y lee lo que sobra, de izquierda a derecha y de arriba abajo.
Una sopa de letras corriente, con diez voces de imprenta que cualquiera encuentra en diez minutos. Eso fue lo que revisó el censor. Lo que no revisó es que, cuando se tachan las diez, las letras que quedan sueltas no son relleno: se leen seguidas y dicen algo.
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